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Me reconozco, ahora mismo, incapaz de escribir ni
una sola página, ni siquiera unas líneas, sobre mi modesta persona, sobre mi
condición de escritor o de ciudadano. No sabría cómo hacerlo: quizá por falta
de práctica, o por exceso de hablar y haber hablado, o escribir y haber
escrito, sobre tantas otras personas y cosas. Quién sabe si algún día, cansado
de mirar tanto hacia fuera, miraré un poco hacia atrás y hacia adentro, y sabré
dar alguna razón de por qué escribo lo que escribo, hago lo que hago, o cómo
veo el paso de mi propia vida, si es que lo veo. De momento, el lector de estas
páginas en la red o telaraña de la información sin papel, podrá leer una presentación
del profesor Ramon Lapiedra, que es astrofísico, ex rector de la Universidad de
Valencia y, sobre todo, amigo, y por eso sus comentarios son tan precisos y tan
especialmente amables. Para
satisfacer también alguna curiosidad más puntual, acudiré a algunas frases,
cortas y abruptas, tal como las recrea un periodista cuando actúa de
entrevistador. El periodista pregunta: “¿Le cuesta mucho escribir? ¿Es un
castigo, como afirman algunos escritores?” Y yo respondo: “Cuesta mucho, y
a veces es un castigo porque representa un gran esfuerzo, una autoexigencia.
Escribir es mi forma de estar en el mundo. La otra es la responsabilidad cívica.
Pero es duro, escribir. Lo hago cada día, después de leer la prensa; toda la
mañana hasta la hora de comer; un pequeño descanso y luego hasta la hora de
cenar. Aunque en ningún momento dejas de darle vueltas a la cabeza.” Pero el
entrevistador quiere saber algo más concreto sobre este oficio mío de escribir,
y entonces pregunta: “¿Tiene como finalidad la depuración de su estilo?”
Ante esto, algo tenía que responder, como por ejemplo: “No me lo planteo en términos
de depuración de un lenguaje desnudo, sino de sencillez. Nunca he tenido
tendencia a la floritura, ni a la adjetivación superflua, ni al efectismo
verbal, que, cuando rascas, muchas veces no hay nada. Eso de la pura pirotecnia
verbal apenas me interesa. Es más fácil de lo que parece si conoces el oficio.
Lo más difícil es llegar a un lenguaje de apariencia sencilla. El lenguaje real
es el lenguaje oral y la forma en que tú expresas por dentro las cosas o cuando
conviertes en palabras un recuerdo. Pretendo reflejar esto en el lenguaje
escrito. Para mí, depuración es aproximarse al lenguaje natural.” El
periodista quiere también algún comentario sobre mi actitud como ciudadano que
ya tiene cierta historia pública, poco gloriosa pero se supone que clara y
comprometida. Pregunta, pues, hacia el final de la entrevista: “Tras tantos
años de compromiso político, cívico y nacionalista, ¿no ha llegado al punto del
escepticismo?” Y aquí la respuesta debería ser larga y compleja, optimista
o pesimista, ideológica o vital, pero no será ninguna de estas cosas. Es esta: “No,
no. Si eres un ciudadano ‘responsable’, no tenemos más cojones que ser nacionalistas,
a pesar de que, como decía Joan Fuster, es una frase que te molesta. Más que
escepticismo, la realidad produce un sentido de realismo. Ves que es muy
complicado, que el país no es como te gustaría. Me gustaría que tuviera una
cierta conciencia clara de sí mismo, con proyectos colectivos razonables, que
asumiera su identidad histórica, lingüística, cultural y de la propia materialidad
del territorio. Es un país que no se autovalora. La patria es el patrimonio.
Aquello que tenemos en común: una historia, una cultura, una lengua, unas ciudades...
Todo esto es el patrimonio. A mí me afecta personalmente observar que se
destruye el patrimonio, la continuidad histórica, el territorio, la costa, la
montaña...” Me afecta esto, y me afectan algunas cosas más, que deberían
afectarnos a todos. Como personas, como ciudadanos de un país, como portadores
y transmisores de una cultura, como hablantes de una lengua, como lectores. Y a
mí como escritor. Ser escritor es mi manera de vivir, y ser ciudadano de este
país, el mío, es mi manera de estar en el mundo. Joan F. Mira Castelló, diciembre de 2005 |
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